Septiembre 2020. La escuela que nos espera. La escuela que esperamos

la escuela que esperamos septiembre 2020

Un septiembre 2020 diferente

En el desarrollo de la educación como sistema, el mes de septiembre siempre supone un hito singular. Un “antes y un después”. Un “antes” de lo que representa un nuevo curso escolar, en ocasiones, con cambios normativos; a veces con profundos movimientos derivados de la causa ideológica y/o política.

Autor: José Antonio Luengo

Por delante, diez meses de trabajo y actividad de todos los agentes y miembros de las comunidades educativas. Diez meses marcados y definidos por el trato, las miradas cómplices, las risas y sonrisas; diez meses dibujados con los trazos incansables e imperturbables de la actividad lectiva cara a cara, de las relaciones interpersonales, la convivencia, el funcionamiento de los grupos humanos. En las aulas, los pasillos, los despachos, los tiempos de recreo.

Y septiembre también supone un “después”. Un después de las siempre anheladas vacaciones de verano. Con el sol, el calor, las noches cálidas, el tiempo libre y la calle como escenarios mágicos de la libertad, independencia e insuperable sensación de espacio abierto para el disfrute y el despliegue vital inabarcables. Con ese olor a noche corta que ahonda en nuestra imperturbable intencionalidad de explorar, cambiar, trasgredir, vivir…

El próximo septiembre, seguro, no será igual a ningún otro. Ninguno septiembre lo es, es cierto. Pero el septiembre 2020 quedará marcado para la historia de una pandemia. Marcado y definido por una historia de dolor y sufrimiento impensable hasta hace nada. Por un relato de incertidumbre, zozobras y miedos que cambió el mundo. Seguramente para siempre. Marcado también por el confinamiento y el cierre cortante y dramático de la actividad lectiva presencial.

La historia de una vida quebrada. Por las muertes, el desasosiego, el temor a vernos, relacionarnos, tratarnos, abrazarnos, casi a hablarnos…

La escuela con el COVID

Cuando escribo estas líneas aún se desconoce el escenario que perfilará la vida en las escuelas. Una escuela post-COVID, hay quien la ha calificado. Una escuela “con el COVID”, habría que denominarla, más adecuadamente. Porque el patógeno sigue con nosotros sin descanso, atosigando, estrechando espacios, perspectivas y planes para volver a situar a la escuela en el sitio que merece. Y que el mundo necesita.

Una escuela de presencias, de trato directo, de distancias cortas; una escuela dotada de la magia de la insondable influencia de la relación cotidiana, de las miradas cercanas, de los abrazos también cotidianos.

De la naturalidad. De la despreocupada y maravillosa sensación de estar con quien deseas; a su lado. Sin más barrera que el breve espacio físico que recorre un aire sin contaminar. Con la única reserva de desconocer cuándo vas a abrazar tranquilamente a quien comparte contigo cada momento.

El verano que tuvimos

El verano 2020 terminó por abrirse, como una flor…

José Antonio Luengo. «La escuela que esperamos»

Llegamos a pensar que incluso él permanecería también confinado. Casi escondido. Encerrado. Llegamos a dudar casi de su existencia. De si estaría ahí cuando saliéramos a la calle. De si seguiría dándonos esas lunas y soles que siempre adornaban nuestras vidas. De si seguiría acompañándonos de manera amable y despreocupada. Con días largos. Sus tardes de juegos y paseos. Sus noches de luz.

Pero el verano hizo acto de presencia. Y, con él, volvieron muchos de nuestros hábitos y costumbres mediterráneas. Se cerró el denominado estado de alerta, pero la alerta seguía viva en voz de nuestros sanitarios… esos que tanto habían hecho por nosotros. Finales de junio.

Pocos pensaron de manera inequívoca en ese septiembre que llegaría. Con más de ocho millones de niños, niñas y adolescentes “asaltando” sus queridas aulas. Deseosos de verse y, seguramente, abrazarse.

Finales de junio. Otras preocupaciones, pertinentes y sensatas, por cierto, marcaron los tiempos. Y las acciones. La economía en crisis debía recomponerse. No de cualquier manera, claro. Pero recomponerse.

Y pasó, está pasando, lo que nuestros epidemiólogos avisaron. Los rebrotes serían una realidad. Estaríamos mejor preparados, sin duda, pero surgirían. Y alertarían de subsiguientes posibles procesos. U oleadas.

Y esta vez … fallamos

Y afloraron los desmanes y las irresponsabilidades de muchos, investidos de una inquietante muestra de omnipotencia y arrogancia (esto-no-va-conmigo). Incluso se visibilizaron las incomprensibles posturas negacionistas de lo que habíamos vivido, y seguíamos viviendo en nuestras propias carnes. Y también en nuestras mentes y corazones.

Y nos dimos cuenta de que septiembre llegaba y que no habíamos preparado bien su transformación en lo que siempre nos dio por llamar “la vuelta al cole”. El tiempo nos fue ganando espacio y arrinconando. Y el horizonte empezó a pintar regular.

¿Llegamos verdaderamente a pensar en las necesidades que nos encontraríamos con la vuelta a la actividad lectiva presencial y a gran parte de la laboral, asimismo, presencial?

Al final, como casi siempre ocurre, los más débiles y vulnerables acaban recibiendo los impactos de procesos en los que el mundo adulto escudriña sus intereses y prioridades.

El resultado, un principio de curso incierto. Incierto e inseguro. Empezando por la situación sanitaria.

Pero, de verdad, ¿hemos valorado como sociedad, en nuestra planificación y proceso de desescalada y acceso a la denominada “nueva normalidad”, las condiciones en las que previsiblemente podíamos encontrarnos a mediados de septiembre si no hacíamos las cosas bien?

Necesitamos escuelas abiertas y seguras

Necesitamos unos centros educativos seguros. Pero con sus puertas abiertas. Con sus aulas abiertas. Bien ventiladas y abiertas. Con las medidas de seguridad que sean precisas y ajustadas a las prescripciones sanitarias.

Y el acuerdo entre agentes es imprescindible. La perspectiva de un escenario de acción educativa no presencial representaría la ruina y el desplome, en muchos aspectos, de los principales objetivos de la educación. Empezando por el corazón, probablemente, de los mismos. El aprendizaje y la experiencia de la convivencia democrática, ética, pacífica y también compensadora.

¿Hemos hecho lo necesario para hacer de este septiembre 2020 “un buen mes” para reeditar la imprescindible escuela de la convivencia, viva y presencial?

No sé si lo hemos hecho del todo bien. No sé si fuimos capaces de prever, en junio, que el septiembre de 2020 llegaría. Con sus incuestionables demandas, necesidades y prioridades. Y, lo dicho, con más de ocho millones de niños, niñas y adolescentes entre ellos. Además de sus profesores y profesoras. Y, por supuesto, sin olvidar el insondable de efectos elenco de impactos y consecuencias en la organización, también, del mundo adulto. Y sus intransigentes necesidades para la adecuada conciliación de responsabilidades.

Nuestros niños, niñas y adolescentes necesitan sus escuelas abiertas. Seguras, claro. Y también vivas, diversas, dinámicas, flexibles. Pero abiertas.

José Antonio Luengo

Y una última consideración. Gracias a todo el profesorado por su trabajo estos meses de atrás. Millones de gracias por su compromiso e implicación.

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Acerca de Jose Antonio
Licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid

Especialidad de Orientación Educativa. Miembro de la Unidad de convivencia y contra el Acoso Escolar de la Consejería de Educación y Juventud de la Comunidad de Madrid.

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