La tecnología incita a que nuestros hijos accedan cada vez antes a Internet y a las redes sociales

“Mi hijo acaba de nacer y ya tiene más fotos que yo en mi Facebook”; “Voy a hacerle una cuenta a mi hija en Instagram para que empiece a hacer fotos con su móvil nuevo“; “Voy a subir un vídeo a mi canal de YouTube para que todos puedan conocer a mi hijo”.

Muy probablemente nos hemos topado con alguna de estas situaciones en nuestro entorno o hayamos visto a gente hacerlas. Son circunstancias que hace diez años no existían pero que ahora, con las nuevas tecnologías y en concreto, las redes sociales, solemos ver a diario. Como este fenómeno es algo relativamente nuevo, no sabemos cuáles pueden ser las consecuencias de ello. No sabemos si es bueno, si es malo, si no pasa nada o si por el contrario estamos perjudicando a nuestros hijos al exponerlos o dejarlos entrar en el amplio y cambiante mundo de las redes sociales. Porque las redes sociales, nuestros hijos y nuestras propias cuentas están entrando ya en conflicto. 

Los menores y las redes sociales

Para hacernos a la idea de la magnitud del cambio, un estudio llamado “Menores y redes sociales” realizado por el Foro de Generaciones interactivas a 13.000 niños y adolescentes de entre 6 y 18 años en 72 colegios españoles, reveló que más del 70%  son usuarios habituales de redes sociales. Además, este estudio pudo demostrar que los menores utilizaban estos recursos para afianzar sus relaciones sociales ‘reales’ restando tiempo al ocio tradicional. Un 35% de esta muestra, mencionaba tener más de una red social, situándolos como usuarios avanzados de este tipo de herramientas de comunicación.

¿Colgar mis fotos en Internet? No, gracias

Sin ir más lejos, ya existen casos de hijos  que han denunciado a sus padres por haberlos expuesto en estos medios sin su consentimiento. Es el caso de la joven austriaca de 18 años que denunció a sus padres por publicar más de 500 imágenes suyas a lo largo de toda su infancia se hizo viral el año pasado.

En este proceso, la joven pidió en repetidas ocasiones a sus padres que retirasen estas imágenes para respetar su propia intimidad. Ella lo hacía aludiendo a las consecuencias de que sus más 700 amigos en Facebook, pudieran ver directamente esas fotografías. Ante la negativa de sus padres, que alegaron que borrarlas era eliminar parte de los recuerdos familiares y defendiendo la autoría de dichas fotos, la joven ha decidido acudir a la Justicia, amparándose en la ley de protección de datos y la privacidad personal.

Como puede apreciarse aquí, nuestros hijos se hacen mayores y algunos más que otros van tomando conciencia de lo que significa estar en la red. Y más aún lo hacen porque no han pedido aparecer, sino que lo hemos hecho nosotros, sus padres. Seguramente muchas de esas veces sin ser conscientes de las consecuencias que esto puede acarrear, puesto que una vez que subimos una foto a Internet, sea la que sea, dejamos de tener control sobre ella y cedemos sus derechos.

Cómo mostrar nuestros hijos al mundo

Existen algunas pautas o medidas preventivas que podemos llevar a cabo, siendo un poco más prudentes y concienciándonos no ya de lo que publicamos sobre nosotros en nuestra propia red, sino de otras personas implicadas de forma indirecta: nuestros hijos.

Por ejemplo, podemos hacernos preguntas como “¿le gustaría a mi hijo cuando sea más mayor que enseñe esta imagen o vídeo?“,  verificar que nuestro perfil sea privado y no público, para controlar mejor quién ve esas imágenes y leer las condiciones de uso de la red social para saber qué derechos estamos cediendo. También sería bueno que, para las fotos en las que saliesen nuestros hijos no tuviera acceso nuestros 700 u 800 amigos de Facebook, restringiendo a un grupo más privado ese número de personas (nuestros familiares cercanos o mejores amigos). Además es recomendable no etiquetar en las fotos el nombre de nuestros hijos, para que no quede registrado.

Pero sobre todo se recomienda ser prudentes y ser conscientes de que el registro digital (la huella digital) estará ahí para toda la vida y hay que tener muy presente que lo que puede parecer divertido o entrañable ahora, quizá no lo sea dentro de diez años.

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